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El libro de Lilo Vilaplana: Un cubano cuenta, después de ser publicado en Colombia y República Dominicana, renace en España, por medio del magnífico actor Orlando Casín que le hizo llegar un ejemplar al enorme poeta y patriota cubano Raúl Rivero. Gracias al estoico escritor de Ciego de Ávila uno de los cuentos de este libro: Nereida, la Santera; apareció hace unos días publicado en la revista de literatura hispano cubana.
NEREIDA, LA SANTERA.
A mi madrina Lourdes, que terminó de guiarme en el camino de la Santería que inició en mi vida la eterna Nereida Pim Pam y Tam.
Nereida Pim Pam y Tam era una vieja Santera de La Habana Vieja. Vivía de bar en bar con una latica en la mano recibiendo cualquier trago con alcohol que los borrachos le brindaban.
Ella en sus pocos momentos de lucidez me profetizó, a través de los orishas, muchas cosas y siempre me pasaban. Con Nereida Pim Pam y Tam yo me sentía seguro en cada paso que daba, porque ella leía de manera impecable mi futuro.
“Patico florido, dime adiós donde vive madre de agua vivo yo, madre de agua yo vivo en lo hondo…”.
Cantaba y bailaba la negra, en la esquina de O’relly y Aguacate con su falda raída por el tiempo, sus añejas sandalias, su boca risueña, con tufo de tabaco y ron, el pañuelo blanco en la cabeza y su baile contagioso. La gente la rodeaba, la aplaudían, y la coreaban. Los negrosdescamisados, las jineteras que la miraban, sonreían, y seguíande largo, porque de no sobrevivir como prostitutas, el otro camino en la Isla es emborracharse para olvidarlo todo, o meterse a Santero para atender y cobrarle algunos dólares a los extranjeros.
Nereida mezclaba los dos destinos. Nereida Pim Pam y Tam era una santera que se emborrachaba todo el tiempo.
–“Soy chiquitico y vivo en lo hondo…”.
Seguía cantando Nereida. Yo llegué al improvisado bembé, y ella dejó de danzar, se paró seria y solemne en medio del círculo, colocó sus brazos enjarra, sacó su pelvis adelante, parecía un borracho meando. Me miró sonriendo con los cuatro dientes que sobrevivíanen su boca, luego de darle una larga bocanada al pedazo de tabaco me dijo:
–Gaito… Menos mal que viniste… Vamos a bailarle a Shangó…
Dos negros y un mulato sacaron del solar sendos tambores y comenzaron a tocarle a Shangó, empezamos a bailar Nereida y yo, la gente no se explicaba como un blanquito bailaba tan biena estos santos de la religión negra. Ahí estaba yo bailándole al rey del rayo, al gran guerrero y orisha de la virilidad. Nereida frente a mí, hacía círculos con la falda, tenía como setenta años y la vitalidad de una chica de quince. Se terminó la jornada y salimos para su casa.
Ya sin zapatos. Sentado frente a ella en el cuarto rodeadopor Eleguá, Yemayá, Osun, Oshún, Orula, Obbatalá, Oggún,Yeguá, Oyá, Shangó, Babbalú ayé, Osaín, y todos los demás Orishas del Panteón Yoruba, Nereida lanzó los caracoles que fueron cayendo en diferentes formas sobre la estera. Me miró demanera solemne, aspiró profundamente la última bocanada dehumo que le quedaba al tabaco y casi quemándose los labios dijo:
–Ten cuidado, Gaito, que por andar detrás del culo de Cristina, puedes parar en el tanque.
–¿Qué estás hablando, Madrina?
–Yo no he dicho nada, habló Oshún y tú eres hijo de Shangó,Gaito, tú sabes que los hijos de Shangó siempre pasan por la cárcel…Y lo malo no es que caigas la primera vez, sino que si llegan a encerrarte una vez, nunca más vas a salir de la prisión.Tú tienes que cuidarte Gaito, deja a esa hembra que por muy lindas y grandes que tenga las tetas, no vale la pena quedar trancadotoda la vida por una mujer como ésa…
Salí de la consulta convencido que me alejaría de Cristina para siempre. Pero el diablo es puerco y Cristina tenía las tetas más lindas de La Habana. No pasó mucho tiempo hasta que caí en tentación. Aquella noche Cristina llegó sin brasier, con esos senos enormes que me apuntaban, parecían indicarme todas sus ganas de sexo y no faltó mucho para que nos revolcáramos en micolchón en el piso. Sin velas, sin vino, sin hoguera prendida, éramos dos animales sudorosos. Sus dos pezones grandes y rosados los acaricié hasta el cansancio como si fuera la última vez. Y sí, fue la última vez. Nos estábamos recuperando del segundo orgasmo cuando tocaron fuerte a la puerta. Marcial, el sobrino de Nereida, estaba parado en el umbral de mi casa, llamaba a gritos a Cristina. Ahí lo entendí todo. Nereida estaba manipulando el oráculo de los caracoles para que su sobrino se quedara con Cristina. Todos querían estar con ella. Cristina era la hembra más hermosa del barrio, y sus tetas un sueño inalcanzable, un sueño que yo había hecho realidad en varias ocasiones.
En ese momento odié a Nereida, que me estaba engañando y yo confiaba ciegamente en ella y los Orishas, claro que los santos no tienen la culpa de toda la mierda que hacen los mortales.
–¿Tú estás con Marcial, verdad Cristina…? ¡Tú andas con ese tipo!
Mil veces me juró que no estaba con él, que ella era sólo mía, pero no le creí hasta que nos vestimos. Ya parados frente a Marcial, lo entendí todo.
–Te dije que no voy a salir con el francés ese, que no soy una puta…que ni me busques, ni me jodas más.- Reclamó Cristina.
- Déjate de cuentos conmigo, Cristina, que todo el mundo sabe que si tienes lo que tienes en tu casa, fue porque se lo sacaste al marido yuma ese que jineteabas...
–Oye lo que te voy a decir pedazo de Maricón…
Alcancé a decir antes de caer al suelo por el golpe que me propinó Marcial. La boca se me llenó de sangre. Sentí con mi propia lengua como flotaban los dos dientes sueltos. De bruces en el suelo yo veía a Cristina. La veía muy borrosa, discutía con Marcial, ya no escuché nada más. Se me antojóla imagen de la negra Nereida revolcada de la risa sobre su estera consagrada. También, desenfocados, iba viendo desfilar uno a uno a los vecinos del barrio burlándose de mí. Fue cuando me levanté del suelo y le di ese golpe tan fuerte a Marcial que cayó de espaldas, golpeándose en la nuca con un escalón. Sus ojos estaban muy abiertos y su cerebro y su corazón apagados para siempre.
Ya enterraron a Marcial, ya le habían hecho su ituto, la ceremonia que le hacen a los que mueren y tienen santo en la cabeza. Se lo hizo su propia madrina Nereida. Su tía desde que me condenaron no ha querido hablar conmigo, y Cristina dice que no habla con asesinos. Marcial yace en su tumba y yo acabo de ser enterrado en esta celda por ocho años.
Estoy libre de nuevo. Por las calles de La Habana Vieja ando con una mochila al hombro y no sé para donde ir. Cargo dos mudas de ropa y una carta que certifica que ya cumplí con la ley. Salí después de pasar cuatro desconcertantes años, me bajaron la condena por buena conducta.
Iba caminando por la calle Obispo, buscándole un rumbo a mi nueva libertad y vi a Nereida en El Huevino, ella extendió su vaso y le echaron un trago de vino con un huevo roto en su jarrito de aluminio que todavía cargaba. Quise entrar, pero ya no pude porque es con dólares.
Intenté hablar con Nereida Pim Pam y Tam. No me miró a la cara. Por no haberle hecho caso al oráculo de los caracoles, se cumplió la sentencia de Oshún, y me quedé sin Cristina y sin mi madrina para siempre.
Yo, ya no pertenecía al barrio. Los amigos se habían ido, y con ellos el recuerdo de este Gaito que estaba ahí parado, solo frente al bar lleno de gente. Lloré por no bailarle a Shangó de nuevo en la calle, delante de todos los descamisados de La Habana Vieja.
Me dediqué a buscar trabajo. Pasé por todas las fábricas, las construcciones, por cualquier empresa, pasé hambre y sueño. De nada me sirvió el estandarte de exconvicto y de las posibilidades que “somos iguales y que todos cometemos errores”.
Dormí en la Terminal de trenes y en jardines, escondido en solares, en paraderos de guaguas, en frías funerarias velando a un muerto desconocido. Medio dormí, medio comí, pedí limosna y no conseguí trabajo. No pude más, fui a la plaza de la revolución, me arrodillé frente a Martí y pedí con él, pedí trabajo, libertad. Salí corriendo por toda la plaza gritando como un loco.
Ahora estoy preso de nuevo. Al menos tengo techo y algo que le dicen comida, ya no por cuatro años como condenan a un asesino. Ahora son veinte largos años sin rebaja de pena, por cagarme en la madre de Fidel Castro.
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