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Del libro de cuentos: Los Emigrantes.
La Radio.
(Primera versión)
Para mi amigo Gastón
Velandia, que se robó un radio y yo a él esta historia.
_______________________________________________Lilo
Vilaplana
Riquelme había
acabado de llegar al aeropuerto El Dorado. Jairo lo recibió con el cartelito donde leía
su nombre y apellido. Ellos nunca antes se habían visto. Por eso el saludo fue
como el de dos animales raros que se olfatean. Ya Riquelme estaba cómodamente sentado en la camioneta de Jairo. En la radio del vehículo
escucha los mensajes de las
ofertas de empleo. Por eso, al otro día decidió ir, a escondidas, al motel que promocionaba el anuncio.
-Yo no tengo
papeles, acabo de llegar a este país pero necesito trabajar. Le dice Riquelme
al dueño del lugar.
- Si no le cuentas
a nadie, y no te molesta empezar
haciendo aseo y ganándote 20.000 pesos diarios, ahí están las escobas.
Ese día Riquelme regresó a la casa de Jairo a las 7.00 de la
noche. Nidia, lo recibió muy seria.
-Estábamos preocupados, no conoces la ciudad y eres
extranjero. Creímos que te había pasado algo.
Jairo viene con
un trago de Whisky en la mano. Por primera vez le sonríe al tímido Riquelme. Va al bar y mientras le sirve un Whisky, Riquelme tiene que escuchar uno de esos
chistes que humillan al cubano, y tendrá que soportar por el resto de su vida
de emigrante.
-
Y que
hacías por la calle… ¿Haciéndole fotos a las Famas…?
-
¿Famas?
-
Si, a los
sitios donde venden carnes.
-
Ah, en Cuba le decimos carnicería, aunque ya no
vendan carnes…
Y Riquelme se
ríe, con esa risa con la que los cubanos se han acostumbrado a burlarse de su
desgracia. Ahora recibe el trago y se apura en
tomárselo.
-
Estaba buscando trabajo.
-
Hasta que no tengas papeles, nadie te da trabajo
en este país. No olvides que llegaste como turista.
Y Riquelme hizo silencio, dejó que le sirvieran
el otro Whisky que también liquidó de un
sorbo. No quiso decir nada, ya tenía trabajo y una casa donde quedarse. No iba
a dar detalles, al fin y al cabo, Jairo y Nidia eran unos desconocidos a los
que su primo les manda dinero desde
Miami para que lo mantengan por un
tiempo con techo y comida, mientras consigue los papeles falsos para viajar por
avión a la florida. La opción de la
balsa nunca estuvo entre los planes de Riquelme, que repetía con orgullo, yo Salí de Cuba por el aeropuerto.
Amanece y Riquelme va
rumbo al Motel, queda en el barrio Chapinero,
cerca a la casa de sus protectores. Camina unas diez cuadras y llega bien
temprano, limpia habitaciones, en una de ellas ha quedado una puta dormida y Riquelme
no puede evitar recordar a Hilda la Quijaua. Una prostituta fea y vieja de su
pueblo. El marido la saco de esa vida y ella empezó a parir y a vender los
hijos. El más chiquito era muy feo y
como nadie se lo compraba un día decidió cambiarlo por un cerdo.
En la tarde llega
a la casa y de nuevo el interrogatorio. ¿Qué hiciste hoy? ¿Dónde andabas?
¿Comiste?
Riquelme no pretendía dar datos de lo que hacía. En
Cuba la gente aprende a no decir las cosas, porque nadie sabe quién es el espía. Riquelme no quería que lo
acusaran en el DAS y no
quería perder el puesto de aseador clandestino del motel de Chapinero.
Aquel domingo, en medio del
asado, Riquelme conoció la historia de
sus benefactores. Jairo había sido un mujeriego indomable y su esposa Nidia una
mujer de la alta sociedad que decidió reformarlo para siempre: “Eso sí, el día que Jairo me traicione lo
dejo. Conmigo no hay segundas oportunidades”. Afirmaba Nidia a los
presentes. Jairo sonríe mientras le acaricia el cabello, como diciendo: Perro huevero aunque le quemen el hocico.
Luego Jairo le contó a Riquelme de sus andanzas, del día que
en un evento se acostaba con tres mujeres que se alojaban
en tres pisos distintos del Hotel sede. Tenía una en el segundo piso, subía al quinto y terminaba la noche en
el noveno. Al amanecer iba por el segundo con la del segundo piso.
Jairo, a escondidas de Nidia,
entre tragos de Whisky que Riquelme no conocía, pero igual saboreaba, le
hablaba de su época de Casanova empedernido.
-
Pero ya eso se acabó. Nunca más. Puedo apostarte
cinco millones de pesos, si un día me
ves mal parqueado con una chica, y me haces una foto…te pago cinco millones…
Esa noche Riquelme estuvo a punto
de contarle lo del Motel, que la gente va mucho allá, que seguro él lo visitaba, que no se hiciera el santo, pero
con la paranoia cubana, no quiso darle datos. Primero, porque podía meter en
problemas al dueño si alguien más se entera que trabaja sin papeles y segundo porque de pronto Jairo y
con todo lo buena gente que parece, se le daba por cobrar más. Ya Riquelme es
un pez que no muere por la boca. Sin la vocación de aseador, vuelve
al Motel en la mañana. Limpia unas habitaciones, encuentra algún dinero. Lo guarda. También en un envase
de plástico reúne las sobras de trago que quedan en las
botellas y en ese instante inventa por accidente el whisky absoluto y se ríe de su creación
que asocia a un nombre de vodka que vio en el asado en casa de Jairo y Nidia.
Riquelme va a los
parqueaderos en busca de su locker
para guardar el trago que se beberá en la noche y
en la habitación número seis ve parqueada la camioneta de Jairo. Se ríe y piensa: …Ex mujeriego… perro huevero, aunque le quemen el hocico. Le queda
ardiendo una idea en el cerebro. Cómo hace para que él no lo desmienta cuando
le diga que vio su carro en el Motel.
Riquelme se
acordó de sus tiempos de
buscavida en Cuba. Sale en busca de un
alambre, abre la puerta y le roba su radio. Ya Riquelme tenía como demostrarle su
infidelidad. El radio que le consiguió el trabajo, le ayudaría a demostrar que
no se había regenerado. Ganaría la apuesta. Tenía en el bolsillo de su única chaqueta de jeans un radio que valía cinco millones de una
apuesta.
Se las ingenia para sacar el radio sin ser descubierto, lo envuelve en una muda de ropa.
En el Motel no hubo escándalo por lo del radio y en la tarde con el radio y el whisky
absoluto, Riquelme vuelve
a la casa. Se encuentra a Jairo
en el estudio, cierra la puerta, empieza a quitarle la camisa que cubre el
radio a tientas con las dos manos en la espalda. Mira sonriente a Jairo…
-Tenemos que hablar, hoy me gané una apuesta…
-Así es la vida, le dice Jairo mientras levanta la cara y Riquelme
descubre totalmente el radio que aún Jairo no ha visto. Jairo sigue su discurso.
-…Tu ganas y yo pierdo. Esta tarde le presté el carro a mi mujer, lo dejó
mal parqueado, en la calle, frente a su oficina y los ladrones le robaron el
radio.
Bueno, cuéntame, Riquelme ¿Tú qué apuesta fue la que ganaste?...
Y Riquelme se queda con
la noticia escondida en la
garganta y con un radio que hierve entre sus
manos.
FIN
Bogotá 28 de Junio 2009
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